Crónica de conciertos: Love To Rock – La Marina de Valencia, 13-14/10/2023 1


El Mediterráneo y la Música. Sabemos que llevan firmado un convenio de más de 3.000 años y, a pesar de que los viejos teatros sólo sirven para levantar el polvo de los turistas, ese contrato continúa aún más vigente. Sí, lo sé, el viento puede ser el peor enemigo de la música, ay… ¿pero y la brisa?, que te refresca al llevarte cada una de las notas musicales. Sin obviar que el cambio climático, ha hecho que el último concierto de la temporada sea el que se parezca al ideal de un agradable Festival Primaveral como es el Love To Rock.

Por lo que se empieza bien, pasamos de la luz dorada a los tonos pastel mientras recogemos las pulseras. Poco líos en la cola de entrada y según baja más el sol la situación mejora. Los Djs entonan nuestros cuerpos, para que Levitants los acabe de engrasar con su punteado, mi flexibilidad deja de rechinar, sumándose con los bajos de rock clásico que nos ofrecen, mi cuerpo y mi mente hacen una ruptura con la realidad, nos imbuye en una campana de realidad y la nereida que surge seduciéndonos por la pista de baile es Second ¿Qué os puedo contar de ellos que no se sepa? y más en Valencia, donde deberían empadronarse. El público ya ha entrado en trance. Buena música, voz característica y letras épicas coreadas de tal forma que darían envidia a la Marsellesa. Aunque al acabar los murcianos tengo un momento de pánico. Las instalaciones que no la pista principal se saturan y yo maldigo mi próstata superviviente de la Guerra Fría ¡Maldición! Pero unos tritones me empiezan a mostrar el Ítaca de los Meones. ¡Tierra a la vista! Escondido en la esquina del mapa descubro un cuadrameódromo, de esos que hacen Germanor, alto como el Olimpo. Bien. Ya tengo campamento base. A llenar el cubo de litro. La brisa trae un golpe de mar. ¡Más aún! No el ridículo nombre de tsunami, que no sabes si es comida, un villano de Marvel, o el último álbum de Rosalía. ¡Un Maremoto con su muro de sonido! Poseidón encarna a Viva Suecia.

Te golpea y rocía a la vez con sus letras eléctricas. Las personas se convierten en un coro constante y a la vez, los también murcianos, me cantan solamente a mí. La música tiene esa cualidad de concertar a miles de personas en una sola voz y éste, amigos, fue un conciertazo. Acaban Viva Suecia con “Amar el conflicto”, cómo no, todos lo sabíamos, pero si es la jugada ganadora no hay que cambiarla. Recupero la consciencia individual. Les amo, les odio por no saber quien soy, y amo odiarles tanto como odio amarles. Me siento como Dánae después de la visita de Zeus, chopado. Es el mismo mar, pero en la otra costa, Tengo dudas de si fumarme un piti o hacerme un test de embarazo.

Cojo aire. Bueno, ya está -me digo- me acabo la bebida y a descansar de esta abducció. Y de repente, como berberiscos que piratean mi merecido descanso, Fat Gordon y Don Fluor, más un guitarrista que les hizo unas cover que me recordaba al de la última de Mad Max atado al frontal de un camión ¿Descansar? Ya lo haré en el trabajo. Bailé hasta que los bomberos vinieron a apagar la suela de mis zapatillas y ya, de paso, me echaron a manguerazos.

Mañana siguiente. Solazo. ¡uf! ¿sólo sábado?. La mañana del festival es ideal para ir más relajado, con niños o como quieras, pues los grupos, ayudados por este benigno mar y octubre, dieron lo mejor de sí. Ahora que mi crónica es más relajada, diré que en el primer momento álgido de Second, el recinto me pareció una ratonera, pero según me fui familiarizando con él, me di cuenta que para los que éramos, la situación no era claustrofóbica. Detrás de la torre de sonido se hacía un pasillo natural y, en el peor de los casos, se podía salir por las gradas VIP. ¡Tropa, la seguridad lo primero! Eso siempre decía mi padre cuando contaba la historia de por qué se hizo la vasectomía después del nacimiento de su cuarto hijo, yo.

Y otra otra vez el bonito atardecer del sábado. Ya me conozco los trucos del recinto. Todo va a mejor. Ahora, que seguimos relajados, quiero exponer unos hechos y no quiero que me excomulguéis del mundo festivalero, ni me hagáis un damnatio memoriae hasta que haya concluido. Coged aire y apretad los dientes, cabrones. Nunca escucho a Lori Meyers por voluntad propia, siempre hay un Dj, una orquesta o un algoritmo que me lo hacen sonar. No soy fan de Lori Myers ¡¿Podéis dejar de abuchearme?! Les atribuyo la supuesta crítica, nunca se ha encontrado, que le hizo el New York Times a Lola Flores “ni canta ni baila, pero no se la pierdan”. Y es que en su directo, todos somos fans de los granadinos. Hacen botar hasta un pisapapeles. Y por eso nunca me los pierdo, ni me arrepiento de estar entre el tumulto, aunque mis rodillas y articulaciones piensan distinto.

Me repongo. Miro mi outfit. Parece que me hayan abandonado en el desierto de Las Vegas. Mis zapatillas huelen más a goma quemada que Monza. ¡¿Quién me compra otras zapatillas?! Y empieza a sonar Delaporte. Llega como Euterpe, la musa de la Música (sí, lo acabo de mirar en Wikipedia) La del buen ánimo, significa. Canta mientras no se está quieta. Su micro es una flauta y hace cimbrearme como una cobra. Me exhausta, pero sigo dándolo todo – ya descansaré el martes en el trabajo – me digo. Tan perfecta que ofende, haciéndome clapear todo el rato, ¡¿con qué cara voy yo ahora a mi osteópata?! ¡Doctor, no es mi culpa! ¡Fui hechizado por un rito dionisiaco ancestral! – de esta no salgo sano – me digo, aún así sigo bailando con Ley Dj en el escenario. Peso 10 kilos menos, por desgracia sólo era agua.

Concluyendo. Buena música, que no olvidemos que es cultura y siempre, en la senectud cada vez más cercana, podremos fanfarronear de haber visto a estos grupos, aunque sea de fondo. Grupos que no defraudaron, que rara vez se pueden ver tan de cerca y a unos precios asequibles. Sin olvidar que fui y volví en bici y lo dormí en mi bendita y mullida cama.

Hasta la próxima, ya seguramente como reportero del New York Times o en su defecto de la SuperPop.

Luis Martínez Ruiz

Fotos: Paula Ariño


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