El cuarteto madrileño For Your Information cruza el post-punk anguloso de finales de los setenta con la lógica rítmica del club. Producido por Damian Schwartz, el álbum recorre Madrid en vertical (del último piso de una torre de oficinas a los sótanos de Vallecas) para preguntarse qué se hace con una vida entera por delante y ninguna instrucción.
Alejandro Montesinos trabajaba en el corredor corporativo del Paseo de la Castellana y se fue un fin de semana a Varsovia con sus compañeros de oficina. El sábado, uno del grupo propuso un club enorme en las afueras. Montesinos no había escuchado techno en su vida. Aguantó seis horas de pie, sin nada encima, y volvió a Madrid contándoselo a todo el que se dejara. La cultura de club le llegó a través de un team building, pero tirar del hilo hacia atrás le llevó a Simon Reynolds, al acid house y a la Inglaterra de finales de los ochenta, donde bailar era una cosa política: aquellas raves salían de una desindustrialización que había dejado a media generación sin fábrica adonde ir; las suyas salen de un mercado laboral que ofrece sitios adonde ir sin parar y convierte cualquier afición en algo capitalizable.
«Y todo este futuro» es el primer largo de For Your Information (Antonio Henares al bajo, Alejandro Montesinos a la guitarra y voz, Gabriel García a la guitarra y David Sousa a la batería) y llega después de dos EPs, «El año del descenso» y «La Grieta». Se cocinó durante un año de descartes: la banda se alejó del post-punk sombrío que dominaba la escena y retrocedió hasta la versión cruda del género, la de cuando todavía era un movimiento y no unas vibes, con Public Image Ltd, Gang of Four, A Certain Ratio y los primeros Talking Heads como mapa de influencias. Bajo y batería al frente, guitarra reducida al hueso, herencia dub en el groove. La regla fue «que todas las canciones fueran rítmicas a muerte, constantes y repetitivas». Montesinos fusilaba en una Roland TR-8 patrones sacados de canciones de acid house, se los llevaba al local, los ponía a todo volumen y la banda tocaba encima hasta que salía algo.
«Subsuelo», el primer adelanto, es donde más se ven las costuras. Damian Schwartz, que produce el disco y comparte la obsesión por Manchester y por el hip house de los noventa, metió un 303 que recorre la canción de principio a fin. La guitarra viene en línea recta de «Disorder» y la letra enuncia la división que organiza el álbum entero: o estás en la oficina o estás bajo el suelo. Byung-Chul Han describió el paso de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento: el gobierno de la prohibición dio paso al de la promesa. Nadie dice «no puedes». Todo el mundo dice «puedes con todo». Y si no puedes, la culpa es tuya. La canción que abre el disco y le da nombre lo cuenta en primera persona, con guitarras limpias, pulso constante y ningún clímax.
Así, el álbum está construido como un rascacielos: arriba, la oficina. Abajo, un club de Vallecas a las seis de la mañana. En medio, el metro, la reunión, el afterwork. El disco habla de las dos cosas a la vez, de la lógica empresarial y de todo lo que busca escapar de ella, casi siempre hacia abajo y casi siempre por unas horas. Un círculo vicioso con pequeños destellos de libertad que nunca llegan a cruzar la puerta. Su forma formal también encaja en ese bucle, con patrones que se repiten hasta dejar de contarse, y las letras hacen lo mismo con la gramática: he vuelto a, otra vez, últimamente, llevaba tiempo sin. «Tibio» lo formula como una pregunta que se muerde la cola, con un bajo desnudo y un spoken word cargado de reverb, pensamientos dando vueltas como depredadores alrededor de quien los piensa («He vuelto a hablar de más con los mismos; si no tengo límite, ¿por qué sigo?»). «Diles que no vuelvan», la más sombría, hereda el pop español de principios de los ochenta, el de las portadas grises y los bloques de hormigón, y registra ese circulo vicioso sin explicar de dónde viene: «¿Por qué todo esto suena otra vez, todo este ruido llevaba tiempo sin aparecer?». Cuando algo se mueve, el disco lo constata sin saber hacia dónde: «algo inesperado, algo ha cambiado». FYI hablan de un presente circular en el que parece prometerse una vía alternativa que, en realidad, es un círculo concéntrico en torno a lo mismo de antes. Mark Fisher le puso nombre a esa sensación con una fórmula que tomó prestada de Franco Berardi: la lenta cancelación del futuro. El tiempo dejó de producir novedad y se quedó recombinando lo que ya había, de manera que se acumulan los cambios sin que llegue a ocurrir ninguna transformación. En un presente así, la suerte hace el trabajo que antes hacía el proyecto. «Rojo fuego» lo dice con arreglos agresivos y una fórmula que resume el disco: «un evento trágico, un pensamiento mágico». Cuando no hay salida del edificio, el azar deja de ser una promesa y pasa a ser la única variable disponible.
Esa empresa fantasma, un edificio liminal que parece sacado de las backrooms, es un estado mental, pero también existe en el espectro tangible. Hasta 2001, el solar de las Cuatro Torres era la Ciudad Deportiva del Real Madrid: campos de entrenamiento, piscinas, pistas de tenis. Aquel año el Ayuntamiento y la Comunidad recalificaron el terreno, el club vendió y la operación le reportó cerca de 495 millones de euros, casi el doble de la deuda histórica que arrastraba. Donde había ocio se levantaron cuatro torres de oficinas, y en la planta 33 de una de ellas funciona la capilla más alta de Europa, con una luz verde que parpadea toda la noche para señalar el sagrario y que ENAIRE tuvo que autorizar para que ningún piloto la confundiera con una baliza. «Una iglesia en un quinto piso» sale de ahí, aunque por accidente. La canción habla de un after, de subir a un sitio sagrado para rendirle culto a otra cosa, con un riff emparentado con The Cure. «Nomikai» también nace de las alturas: el título nombra el ritual japonés de beber con el jefe, en teoría ocio y en la práctica jornada prolongada; en Madrid se llama afterwork y ocurre los jueves en Nuevos Ministerios. Sobre una base tensa y repetitiva, la voz adopta el tono de una arenga corporativa, el de las cuentas motivacionales que prometen redención a cambio de rendimiento.
«Lo que nos pasa es que tenemos un montón de oportunidades, supuestamente, y eres dueño de tu destino… supuestamente», resume Montesinos. «Lo único que nos une es que no tenemos ni idea de lo que vamos a hacer». Habla por una generación criada entre dos relatos incompatibles: uno económico, que desde 2008 avisaba de que no habría sitio para todos, y otro social, que prometía Plutón a cambio de suficiente actitud. El estribillo que da nombre al disco abre así el trabajo: «Con tanto futuro por delante y sin nada que hacer». Por su parte, «Vida útil» es la más enérgica del disco y lo más cerca que está la banda del optimismo sin llegar a serlo nunca: «de momento soy feliz, una vida útil como las demás». El término asocia el rendimiento humano con un electrodoméstico, pero lo que tiene vida útil también tiene obsolescencia programada. En 1924, los mayores fabricantes de bombillas del mundo (Osram, Philips, General Electric) se reunieron en Ginebra y fijaron por contrato que ninguna durase más de mil horas, cuando ya se fabricaban de dos mil quinientas. El cártel Phoebus multaba a quien se pasara de duración y funcionó hasta 1939. Sobre las personas nadie ha firmado un documento equivalente, pero la banda canta como si estuviera archivado en alguna parte.
«Verano etc» cierra como outro y con algo de culpabilidad: si el disco ha estado hablando del azar, de lo que ocurre sin que nadie lo decida y sin tener oportunidad de resarcirse, aquí la responsabilidad vuelve a casa («esta vez he sido yo»). Futuros hay muchos, y también tenemos el deber de soñar con uno. «Y todo este futuro» no contesta la pregunta de su título. La deja encendida toda la noche, como la luz verde de la planta 33.

